Cúcuta vive atrapada en un dilema económico histórico: cuando las dinámicas globales se agitan, sus repercusiones se sienten en las calles de nuestro centro, en nuestro comercio con un impacto desproporcionado. Hoy, la capital de Norte de Santander enfrenta un frenazo en su actividad comercial, alimentado por un variable que viene de fuera y agravado por una vulnerabilidad interna que llevamos décadas sin corregir.

Para entender el problema actual es preciso alzar la mirada al panorama geopolítico. El dólar estadounidense atraviesa una fase de debilidad global sostenida, perdiendo terreno frente a otras divisas (monedas) internacionales. Esta pérdida de hegemonía no es casualidad; responde al enfrentamiento de las disputas comerciales de Estados Unidos con gigantes económicos globales, la reorganización del comercio exterior mediante bloques emergentes y la constante tensión en Medio Oriente —con un conflicto latente con Irán que altera periódicamente las tasas de interés y los precios de las materias primas—. La combinación de estos factores hace altamente improbable una recuperación sólida del dólar en el corto plazo, proyectando una divisa debilitada al menos para lo que resta del año.

Esta desvalorización internacional del dólar golpea de lleno el tipo de cambio peso/dólar en nuestra ciudad. Pero, ¿por qué una fluctuación cambiaria internacional nos impacta de manera tan brutal y directa a Cúcuta? La respuesta está en la estructura de nuestro motor económico local y en un factor que sí está en nuestras manos transformar: la informalidad laboral.

Según las mediciones del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), Cúcuta registra una tasa de informalidad laboral que oscila tozudamente entre el 62% y el 63%. Es una cifra escalofriante. El fenómeno cucuteño presenta una particularidad engañosa: tenemos miles de negocios jurídicamente constituidos, con Registro Único Tributario (RUT), matrícula en la Cámara de Comercio y locales formales, pero cuyos modelos de negocio operan sobre una masa laboral totalmente precarizada e informal.

Esta economía formalizada "por fuera" pero informal "por dentro" ha dependido históricamente del flujo comprador proveniente de Venezuela. Sin embargo, las reglas del juego al otro lado de la frontera cambiaron radicalmente. El consumidor venezolano actual opera en una economía fuertemente dolarizada. Cuando ese comprador cruza la frontera o intenta transar en Cúcuta con un dólar debilitado frente al peso colombiano, se encuentra con una amarga realidad: sus dólares rinden significativamente menos al ser convertidos. Su poder adquisitivo en Colombia se ha desplomado.

Ante esta disminución en su capacidad de compra, el consumidor venezolano se ha vuelto extremadamente prudente. Prefiere postergar compras no esenciales o buscar alternativas que no castiguen sus dólares. Y esas alternativas ya existen: por un lado, el comercio interno venezolano ha empezado a dar síntomas de reactivación y abastecimiento local; por el otro, el auge de las plataformas de comercio electrónico ofrece productos cotizados directamente en dinámica dólar/dólar, eliminando el costo financiero de la intermediación cambiaria con el peso colombiano. Cúcuta, en consecuencia, estamos quedando fuera de la ecuación.

«El comercio fronterizo con Venezuela debe ser una ventaja complementaria de desarrollo para Cúcuta, jamás nuestra única tabla de salvación».

Seguir culpando a la tasa de cambio o a las crisis del vecino país es una postura tan cómoda como estéril. La verdadera causa de nuestra vulnerabilidad no es la fluctuación del dólar —que no podemos controlar—, sino nuestra insistencia en depender de un modelo comercial de supervivencia basado en el empleo informal y el diferencial cambiario. Si Cúcuta quiere romper este círculo vicioso, debe asumir un giro estratégico hacia la redefinición de su vocación productiva.

Para materializar este cambio de vocación, se requiere una agresiva política de internacionalización liderada por el gobierno local, acompañada de un paquete de garantías tributarias, normativas y de seguridad que seduzcan al inversionista privado. Cúcuta no puede seguir esperando a que los inversores lleguen por inercia; debe salir a vender sus ventajas competitivas.

Esta estrategia debe fundamentarse en herramientas de desarrollo territorial concretas, aquí expongo solo algunas.

Zonas Francas de Reindustrialización y Transformación: Espacios con incentivos fiscales agresivos no para el simple bodegaje de mercancía importada, sino para el procesamiento de materias primas y la manufactura con valor agregado.

Infraestructura Logística Multimodal: Es hora de consolidar la figura del Puerto Seco e integrar de manera eficiente la conectividad terrestre con la capacidad operativa y el potencial del Aeropuerto Internacional Camilo Daza, convirtiendo a Cúcuta en un nodo logístico real entre el interior de Colombia, el Caribe y el mercado venezolano.

Zonas Especiales para Tecnología e Innovación: Distritos exentos de cargas tributarias locales para startups, empresas de outsourcing tecnológico y centros de desarrollo de software que se comprometan a vincular laboralmente de forma formal a los jóvenes graduados de las universidades de la región.

Vale aclarar que esta propuesta no pretende, en absoluto, darle la espalda al comercio con Venezuela. Por el contrario, la condición fronteriza de Cúcuta es una ventaja geográfica e histórica inestimable que debemos seguir aprovechando al máximo para dinamizar el intercambio binacional. Lo fundamental es comprender que la relación comercial con el país vecino debe consolidarse como un pilar complementario y estratégico dentro de la economía local, y no como la única ni la principal alternativa de desarrollo sobre la cual dependa el sustento de la ciudad.

El dólar seguirá fluctuando al ritmo de los conflictos geopolíticos y las decisiones de los bancos centrales del primer mundo. La economía venezolana continuará ajustándose a sus propias dinámicas internos. Pretender que la prosperidad de Cúcuta dependa del vaivén de esas variables es condenar a la ciudad a la eterna inestabilidad. La ruta de salida no es misteriosa: formalizar la fuerza laboral, diversificar la matriz productiva y ofrecer garantías reales a la inversión de futuro. Solo cambiando nuestra vocación lograremos que la economía local deje de estornudar cada vez que al dólar le da fiebre en el mercado mundial.